miércoles, 21 de octubre de 2009

LA LENGUA PRODIGIOSA

Prodigiosa era la lengua que recorría mi cuerpo en aquel instante. Es decir, generaba sucesos extraños que exceden los límites regulares de su naturaleza. ¿En que consistían estos? Sencillamente, un órgano muscular situado en la cavidad de la boca de los vertebrados y que sirve para la gustación, para deglutir y para modular los sonidos que les son propios, se había convertido en una herramienta de placer. Que para mí aquello fuera un prodigio quiere decir que nunca había considerado dentro de los límites regulares de la naturaleza de una lengua el que chupetease toda mi piel. Puede parecer una tontería o un exceso de candidez, pero así era. Y además lo hacía con aquella mezcla de desaforada voracidad y suavidad exasperante estrechamente unidas.
Mientras esta lengua prodigiosa dejaba todo mi cuerpo recubierto de una finísima cobertura de saliva, otra lengua prodigiosa hizo su aparición en aquella triste y gris habitación de hotelucho de carretera. El estado de éxtasis en que me encontraba derivó, sin que todavía pueda explicármelo, en la recitación ininterrumpida de “Crimen y Castigo” de Dostoievski en ruso. Yo no sabía hablar ruso. Y encima lo recitaba de memoria. Era la hostia. No había duda. Algo prodigioso estaba pasando cuando había aprendido súbitamente la lengua rusa. Y aquella lengua no dejaba de lamerme todos los rincones de mi cuerpo.

En aquel instante, sin dejar de lado a Dostoievski, caí en la cuenta de que aquella lengua debería de pertenecer a alguien. Yo solo era consciente de una lengua, no de su propietario/a. No concebía en aquél instante una lengua no adscrita a un sujeto que fuera su dueño/a, ya fuera persona o animal. Entonces intente fijar mi vista en la lengua. Hasta entonces sólo la había sentido. Y no pude verla. Seguía jugueteando conmigo pero se escondía de mi mirada. A lo mejor le hacía gracia que hablara en ruso. No lo sé.

El caso es que si que yacía junto a mí el cuerpo dormido de una mujer. Me pareció natural que fuera rubia. Probablemente porque yo seguía incontinentemente recitando “Crimen y Castigo”. Era rusa. No había duda ninguna. Sus rasgos eran eslavos. Su piel blanquísima. Y tenía un tatuaje. El tatuaje de una lengua en la nalga izquierda. Pero no. No era la típica lengua de los Rolling. No. Era una lengua bífida. Una lengua de serpiente. Inquietante. Que se movía al ritmo del trasero de su dueña. Al girarse pareció querer saltar hacia mí. Pero gracias a Dios desapareció entre las sábanas.

Yo estaba totalmente desnudo y me había incorporado inconscientemente para recitar con más comodidad. Ella se despertó y me miró placidamente. Con movimiento suaves se posicionó en la postura adecuada y comenzó a hacerme una felación muy suavemente. Mientras tanto la lengua anónima se cebó en mi ano. Tengo que reconocer que me costaba mucho seguir con Dostoievski, pero me contuve hasta el párrafo final para eyacular abundantemente en la cara de mi mujer.

Sí. Entonces se impuso en el plano consciente la realidad. Hoy es 10 de noviembre de 2017. Centenario de la revolución rusa. De la revolución comunista. Yo soy ruso. Mi mujer es rusa. Mi país es un caos capitalista. La lengua prodigiosa es la literatura. Y yo hoy he matado a mi mujer y me he suicidado en un sucio hotelucho de carretera cubriéndolo todo de rojo. Del rojo esperanzador que cubre el desaforado ser fatalista del pueblo ruso. Spassiva. Gracias Dersú. De nada capitán.

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