lunes, 16 de abril de 2007

UN HOMBRE NORMAL

No vayas por ahí. No se te ocurra ir, me había dicho el vigilante. Era un hombre de esos que olvidas su cara, y su apariencia, nada más perderlos de vista. No era ni muy alto, ni muy bajo. Ni feo, ni guapo. Ni viejo, ni joven. Era un hombre de lo más normal, por lo menos en apariencia. Seguramente ese fue el motivo de que su advertencia tampoco hiciera mucha mella en mí. Me olvidé de sus palabras igual que me olvidé de él. Y me dirigí hacia aquél lugar pensando únicamente en lo que allí encontraría. Buscaba mi objetivo con ahínco y determinación. No pensaba en los obstáculos que pudiera encontrarme en el camino. No había nada que me pudiera hacer desistir de mi intención. Seguí caminando decididamente. Entonces alguien llamó mi atención con signos inequívocos de dirigirse a mí. Me paré y esperé a que estuviera a mi altura. Sin mediar palabra me lanzó un puñetazo que impactó en mitad de mi cara. Caí al suelo aturdido. Cuando reaccioné busqué ansiosamente la figura de mi agresor. No había nadie. Había desaparecido. Estaba sangrando por la nariz y se me había revuelto el estómago. Me incorporé como pude e intuitivamente volví sobre mis pasos. El vigilante, al verme, se acercó presto a socorrerme. Me curó cuidadosamente la herida y me dio un poco de agua. Yo no podía articular palabra alguna. El vigilante hablaba sin cesar sin que su discurso alterase mi confusión cerebral. Regresé al estado consciente cuando oí que me preguntaba sobre que aspecto tenía el que me había hecho eso. No sé, le dije. No era ni muy alto, ni muy bajo. Ni feo, ni guapo. Ni viejo, ni joven. Era un hombre normal.

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