martes, 22 de septiembre de 2009

DESPILFARRO PÚBLICO EN INVESTIGACIÓN

El PSOE cuando llega al poder cree, finisecularmente, que todo se arregla con más gasto público. Ahora Obama, con la crisis, tira también por ese camino y los socialistas creen ver refrendados sus postulados. El problema, que nadie parece pararse a pensar, no es cuanto se gasta, sino como se gasta. Si Zapatero ha creído siempre que el cambio del modelo económico, del ladrillo a la productividad, pasa por una mayor inversión en I+D+I casi todo el mundo puede estar de acuerdo en ello. El problema es que si aumentas los presupuestos una barbaridad en cinco años y nadie ve los resultados es que algo está pasando. A lo peor es que ese montón de millones de euros se están gastando en otras cosas. No estrictamente en investigación, sino en investigadores que no investigan nada (o poco). Cualquiera que tenga un título, y un buen amigo, puede entrar a formar parte del sector público de investigación. Pero una cosa es la tan cacareada “excelencia” y otra cubrir el expediente contratando gente sin ton ni son. Los investigadores de primera fila se tienen que seguir marchando al extranjero, mientras que aquí se quedan de funcionarios de por vida cuatro mediocres, que en cuanto que pueden huyen de los laboratorios como ratas y se instalan en cómodos despachos administrativos para dedicarse a la loable tarea de marear papeles. Los resultados, por supuesto, brillan por su ausencia. Y es que el problema fundamental es que las personas (y sus méritos y capacidades) no importan en absoluto. Mantener y ampliar estas monstruosas estructuras administrativas de investigación no se me antoja demasiado inteligente. ¡En tus manos estamos ZP!

lunes, 21 de septiembre de 2009

ZENUT

Salimos de Sousse mientras los primeros rayos del sol se filtraban entre nubarrones que parecían ir disipándose para dejar paso a un nuevo y luminoso día. La temperatura ya era alta. Ni la madrugada había dejado un leve rastro de frescor.

Túnez también estaba ya despierto pese a la temprana hora. Los coches, la mayoría viejas furgonetas Toyota descubiertas, se agolpaban en torno a las rotondas como queriendo abrirse paso a empellones. Nos costó más de una hora salir a campo abierto y encontrar una marcha regular por escuetas carreteras que discurrían entre olivares centenarios y tierras rojizas.

De cuando en cuando, aparecían poblaciones de escasa entidad que parecían vivir volcadas sobre la carretera. La vida parecía girar en torno a la arteria de asfalto, en cuyos remansos se agolpaban vendedores de frutas y objetos imposibles, junto con abigarrados taxis comunitarios. Las terrazas de los cafés aparecían pobladas por hombres aparentemente ociosos, mientras que las mujeres iban y venían en medio de sus tareas domésticas.

A la entrada de cada pueblo encontramos, inexorablemente, una patrulla de policía apostada en las inmediaciones de su guarnición. Unas veces te saludaban cortésmente y otras te hacían parar. Increíblemente en un trayecto de ciento y pico kilómetros paramos unas diez veces. En ocasiones se nos requería el pasaporte o la documentación del coche, pero en otras simplemente se charlaba, en una mezcla de francés, inglés y español, sobre nuestro destino, nuestra procedencia e, incluso, de fútbol.

El paisaje se fue haciendo lentamente más árido, mientras que avanzábamos con el día hacia el sur. Hacía mediodía llegamos a las inmediaciones del gran lago salado de Chott El Djerid. Es curioso que éste lugar figure en todos los mapas en color azul, como si aquello fuera un auténtico lago.

Una gran depresión rocosa, de aspecto blancuzco, y rodeada de montañas nos acogió en su seno. El calor comenzaba a ser considerable y agradecimos sobremanera el aire acondicionado de nuestro flamante utilitario.

La emoción comenzaba a adueñarse de nosotros de manera un tanto fantasmagórica. Tantísima luz se reflejaba en un manto plateado de sal y producía auténticos espejismos suspendidos en el aire, de formas y ubicaciones caprichosas.

En los márgenes de la estrecha carretera fueron apareciendo, separados por varios kilómetros, increíbles chiringuitos de paja, que bajo el sol abrasador, intentaban vender souvenirs o algún refresco. Decidimos parar en uno y estirar las piernas. Aquellos lugares parecían sacados de otro mundo, y sus jovencísimos dependientes caídos del cielo.

Tocamos con nuestras propias manos el manto salado que nos rodeaba, petrificado, inerte y majestuoso. La sensación de soledad, de vacío, era poderosa e inundaba nuestras almas con un efecto casi laxante, purificador.

Continuamos nuestro viaje con algo de añoranza. La inmensa y plana línea recta de la desolada carretera comenzó a enervarse y apuntar al cielo para dejar atrás aquél imponente lugar. Una agreste, pero no demasiado elevada, cordillera ejercía de confín y puerta singular.

Llegando a la cima Chott El Djerid se hacía más azul, fundiéndose con el cielo, mientras que las montañas destacaban por su color terroso inclasificable.

El otro lado, la tramontana, lo que había detrás, no era menos espectacular. La visión del desierto se produce súbitamente, radiante, inconmensurable. Sólo pequeñas manchas, que dejan adivinar los oasis, parecen interrumpir su imperio.

La inmersión en las dunas, entre montañas aleatorias de arena, es todavía más acongojante. Sentirse en su seno, atrapado y minúsculo, como un grano de arena más, es una sensación única.

Embobados, ni siquiera oíamos el ruido del motor que rugía entre el ardiente aire que desplazaba a su paso. El silencio es omnipresente y absorbe, sin ninguna dificultad, todo aquello que lo niegue.

Únicamente los oasis parecen desafiar al gigante dormido. Son una ilusión, en sentido estricto, porque modifican el estado de ánimo y transmutan la paz interior en alegría pura.

El color verde parece gritar, reivindicando su lugar, entre el susurro de las hojas que se balancean en anárquicos compases. Aunque parecen pequeñas islas en medio de un océano, su magnitud progresa geométricamente según nos acercamos a ellos. Altivos, bulliciosos, plantados, ondulantes, firmes.

Y tras este manto tupido de palmeras, el descubrimiento más increíble, el agua. Límpidas corrientes de agua discurren entre arenosos fondos en busca de una salida imposible del laberinto del desierto. Atrapadas durante miles de años, no detienen en su fluir incansable para hacer posible el milagro de la vida.

E inevitablemente, con la vida, la civilización. En cada oasis se esconde el hombre agazapado. Construyendo, extrayendo, modificando.

Cuando llegamos a Tozeur las calles estaban totalmente, inusualmente, vacías. Eran las dos de la tarde. Ya casi no sentíamos el calor después de tantas sensaciones que habían colmatado nuestros sentidos. Nos acomodamos en el hotel y nos bañamos en la piscina en un último delirio sensual, y nos acostamos la siesta sin probar, ni siquiera, bocado.

Cuando despertamos el ocaso avanzaba muy lentamente. Salimos a la calle. La atmósfera era densa y el aire podía cortarse con la mano, apartarse a tu paso. Sorprendentemente el bullicio era monumental. Cafés, mercados, ir, venir. La civilización nos había alcanzado, sin darnos cuenta, de nuevo.

jueves, 17 de septiembre de 2009

¿COME COCOS EL COCODRILO?

Toda la vanguardia artística se hizo vieja sin dejar una huella indeleble en el hombre del siglo XX ¿O la dejó aunque no indeleble? ¿O si la dejó? Superación era la palabra clave en todos los "ismos" que intentaron revolucionar el mundo del arte. Y lo revolucionaron. Pero ¿Su superaron las antiguas premisas? En teatro, al igual que en otras artes, también siguen coexistiendo, formal y prácticamente, lo antiguo y lo moderno. Lo posmoderno y la diversidad actual. Ya parecen antiguos, incluso términos como "Teatro fronterizo", de no hace tanto tiempo. Precioso término. Pero ¿Dónde puede estar esa frontera? En el Metateatro. En la dramatización de la literatura. En el texto vacío. En la organicidad de texto. ¿Tal que nuevos exploradores debemos partir a la busca de El Dorado? ¿Existen bordes por los que surfear sin perder de vista la orilla? La frontera no es nada más que el límite impuesto por la tradición. ¿Pero existe una tradición teatral? Parece difícil de creer, con la de supuestas transgresiones que ha sufrido este arte durante el siglo que acaba de concluir.
El teatro no surge por generación espontánea en medio de un universo cultural dado. No. No son florecillas del campo. Aunque haberlas “haylas”. Siempre respondíó a un contexto. Social, político, filosófico y, hasta, artístico. La muerte de las tendencias artísticas, que certificó la mal llamada posmodernidad, tendría que haber aflojado el corsé que oprimía a muchos artistas. Pero este fenómeno está aún por constatar. Lo que, en principio, parece estar sucediendo es un fenómeno totalmente opuesto. Las propuestas creadores parecen desvanecerse en el maremágnum comercial-industrial que todo lo invade.

Flor de un día es el teatro actual. Y el que parece tener una mayor continuidad, no parece interesar nada más que a los mercaderes y a un segmento del público que los creadores parecen despreciar. ¿Consumismo cultural voraz? Que devora hasta las propias ideas. Las propuestas.

Es curioso que en teatro se hable mucho de “propuesta”. De interpretación al fin y al cabo. El arte interpretativo lucha por zafarse de cualquier rictus formalista para caer, muchas veces, en el hieratismo ideológico. O más bien filosófico. Cuando optamos por una u otra solución, esta decisión debe comportar un compromiso. Un compromiso desde las ideas, desde el hecho mismo de la comunicación, desde el acto de compartir con el otro. Y ese proceso debe efectuarse, ineluctablemente, a través de esa cuarta pared que hace posible la magia del teatro. Si no tenemos nada que decir, mejor nos callamos.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

PLATAFORMA FUMADORES IZQUIERDA

Ante los tiempos que se avecinan, si es que algún milagro no lo impide, lo único que podemos hacer los fumadores es denunciar el ataque a las libertades que supone la nueva ley que pretende implantar la antaño musa de la chupa de cuero, doña Trinidad Jiménez. La ministra,  que por otra parte hay que recordar que ha perdido todas las elecciones a las que se ha presentado, ahora se convierte en adalid de las mayorías esgrimiendo que el 70 % de los españoles apoya su propuesta según encuestas internas que nadie ha visto. Evidentemente la estadística es un instrumento que puede acercarnos al conocimiento de la realidad social, pero tambien sabemos lo fácil que puede ser manipular sus resultados u orientaciones. Una de las máximas de la democracia occidental parece basarse en que nuestra libertad acaba donde empieza la de los demás. Lo único que hay que hacer es respetar este sencillo axioma y dejar de inmiscuirse en la vida privada de los ciudadanos por vía legislativa. Siempre habrá un montón de excusas que pueda esgrimir cualquier régimen totalitario para imponer cualquier cosa. La salud pública es la panacea de todas excusas, ya que en puridad llegará un momento en que no podamos salir de casa. El no fumador no tiene porqué aguantar el humo de otros. En eso estoy totalmente de acuerdo. Ahora, prohibir que haya lugares cerrados de fumadores para salvaguardar nuestra salud cuando el Estado mismo recauda cuantiosos impuestos sobre este artículo me parece más que hipócrita. Si usted no quiere ir a un lugar de fumadores no vaya, pero no puede prohibir que otros tengan sus sitios para reunirse, comer o beber. Con buena voluntad puede haber multitud de soluciones de compromiso y con vocación de permanencia. Lo que no se puede es estar legislando la misma cuestión interminablemente sin que nunca se haya cumplido la ley en una mínima parte. Por otra parte convino a todos los fumadores de izquierda, muchos de los cuales se dejaron la piel en la lucha por recobrar las libertades en este país, a comprometerse a no votar al actual partido en el gobierno, o a cualquier otro que le apoye, si mantiene este proyecto de ley. Si se materializa este proyecto y la oposición lleva en su programa volver al "status quo" actual o ir hacia fórmulas de tolerancia, prometo votarles (aunque me duela).

martes, 15 de septiembre de 2009

RECIPROCIDAD O NEPOTISMO

¿Tiene algo que ver el nepotismo con la reciprocidad de que habla M. Mauss en su ensayo sobre el Don? Esta es una pregunta de difícil contestación, como todas las que afectan a múltiples culturas. La reciprocidad, en algunos pueblos, estaba basada en saber dar, recibir y devolver. Esto aparentemente se hace una manera voluntaria, pero en el fondo encierra ineludibles compromisos sociales (so pena de verse excluido del grupo). Algunos han querido ver en el intercambio de regalos navideños de la cultura occidental una supervivencia de este sistema. En realidad no cumple los requisitos que estableció Mauss como hecho social total. Yo, en mi ignorancia, he querido ver la persistente presencia del nepotismo y el enchufismo como una pervivencia de esta reciprocidad. Muchos de los artefactos o constructos sociales que se expresan a nuestro alrededor son restos o pervivencias de otros que han perdido su función o razón de ser con el paso del tiempo, pero que misteriosamente han sabido reconfigurarse para seguir estando presentes en muchas sociedades y/o culturas. La fuerza de los sistemas de parentesco en las llamadas culturas “antiguas”, han sabido trasladar su foco ante nuevas realidades sociales y readaptarse ante las nuevas situaciones creadas desde la revolución industrial hasta los últimos procesos de globalización. El nepotismo es, en este sentido, un ejemplo claro. Una vez perdida la alegría de repartir de los “potlach” de los indios del noroeste americano, ha quedado en la sociedad contemporánea sustituida por la omnipresente institución del Estado, que ha pasado a realizar estas labores de redistribución. El problema es que el Estado democrático es una creación moderna que implica la superación de fases anteriores y teóricamente atiende a otros criterios más objetivos que no aquellos basados simplemente en la afinidad o la alianza microgrupal. Pero como la cabra tira al monte, algo que se sabe a muy ciencia cierta por los investigadores más prestigiosos de todas las universidades norteamericanas, e incluso del resto del mundo, pues los humanos nos empecinamos en seguir favoreciendo a nuestros parientes y amigos, saltándonos las reglas de un sistema que debería de atender a otras pautas de funcionamiento. La constatación de que las sociedades contemporáneas democratizadas y globalizadas están muy lejos de tener un funcionamiento, no ya perfecto, sino medianamente razonable hace que para muchos sigan siendo lícitos este tipo de comportamientos. Los lazos sociales siguen verificándose en la corta distancia, lo que se corresponde con el mundo realmente percibido, que sigue estando muy lejos de ese otro mundo intuido a través de los “mass media” que nos colmatan el entendimiento ante la imposibilidad de su procesamiento. Dar o enchufar, recibir o aceptar el cargo, y devolver el favor si llega el caso es parte de ese hecho social total que siguen siendo nuestros microentornos relacionales que siguen verificándose, normalmente, en el ámbito de la familia y las amistades. Se crea así un colchón de seguridad a nuestro alrededor que puede amortiguar los golpes que nos depare el futuro. No creemos en los grandes principios de la “meritocracia”, que se nos atoja caprichosa y contaminada por los mismos principios que todos, o muchos, practican (mos) en el día a día, consciente o inconscientemente. Evidentemente este también es un problema de grado. Desde el escandaloso continente africano hasta la supuesta racionalidad nórdico-anglosajona, pasando por lugares como España donde parece ser un elemento finisecular de nuestra cultura, que nos regodeamos en conservar. Eso sí, por si acaso.

viernes, 14 de diciembre de 2007

ME PARTO

Me parto en dos. Me parto en siete cachos. Me parto de risa. Me descojono de verme a mi mismo. No puedo evitarlo. No hay manera. Me miro al espejo y no me puedo contener. No se que veo cuando me miro que se me aflojan los esfínteres. No sé si es mi cara, mi compostura, mi actitud o las cosas que hago. O será todo junto. O un poco de cada cosa. No lo sé. Pero me parto.

También me parto de ver a los demás. Me parto en diecisiete mil cachos. Me parto de risa. Me descojono en cuanto que veo cualquier careto por ahí. No puedo evitarlo. No hay manera. Salgo a la calle y no me puedo contener. No se que veo cuando miro a los demás que se me aflojan los esfínteres. No sé si son sus caras, vuestras caras. O sus composturas, vuestras composturas. Sus actitudes, vuestras actitudes. O las cosas que hacen, las cosas que hacéis. O será todo junto. O un poco de cada cosa. No lo sé. Pero me parto.

Será que hoy tengo ganas de reír.

Será.

lunes, 9 de julio de 2007

MAHAGONNY

“Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny” es la ópera que puede verse estos días en el Matadero de Madrid. Es una obra de Bertolt Brecht con música de Kart Weill. Fantástica tanto la una como la otra. Obra total que diría Wagner. Trata, en líneas generales, del surgimiento de una ciudad en la América de los años veinte a partir de bases no muy productivas. Es un canto a la futilidad de una vida dónde el dinero es lo único que cuenta. Todo se compra y se vende. Nadie puede hacer nada por nadie, como se canta al final.
Uno de los problemas de acometer esta puesta en escena, como la de tantos otros de los llamados musicales, es la traducción. Se intenta poner en román paladino esas cosas que un alemán pensó en inglés. Y claro, chirría. Y sobre todo en las partes solistas o más descriptivas. Vamos, que no pega ni con cola. Los pobres cantantes tienen que intentar hacer encaje de bolillos para que aquello no suene a karaoke. Por algo no hemos visto todavía ninguna ópera seria traducida del italiano al español, inglés o serbocroata. Un par de canciones en el idioma original y, sobre todo, la parte coral salvan el asunto con meritoria holgura.
A estoy habría que añadir el haberse decantado por microfonar o amplificar electrónicamente toda la representación. Eso de no saber de dónde vienen las voces me parece que es uno los horrores más grandes que se puede uno encontrar en un teatro. En este caso es más hiriente todavía el encerrar a una orquesta de más de treinta músicos en una pecera de cristal (lo que visualmente queda muy bien) y tener que oír la música en directo por los altavoces (eso sí, de muy buena calidad). Soluciones todas estas que seguramente tienen que ver con el nuevo espacio elegido de las naves del matadero. Música, por otra parte, que simplemente me pareció estupenda y en profunda sincronía con la parte escénica.
La escenografía-vestuario-luces son magnificas. Un escenario longitudinal sobre una base rectangular hace que circulen con fluidez por el mismo más de 50 actores-cantantes. Por momentos se consigue una atmósfera realmente sugerente. Y todo apoyado en los típicos carteles brechtianos que ayudan a seguir la función y complementados con otros tecnológicamente más avanzados de videoproyección, así como por la voz profunda y penetrante, en off, de Santiago Ramos.
Se agradece, con algún pequeño pero, poder acceder a este tipo de obras que normalmente no están al alcance del público madrileño. De todas formas sugeriría al señor Mario Gas, que últimamente todo lo puede y abarca en el teatro madrileño, que intentara traer alguna opera de Brecht con las canciones originales.
El Matadero de Madrid quiere ser un nuevo espacio cultural multidisciplinar sufragado por el Ayuntamiento. Los antiguos terrenos y naves de los mataderos de carne se quieren reconvertir en el gran proyecto de un Madrid que no parece que brille por su iniciativa. Ya veremos, pero permitámonos como habitantes de esta ciudad dudar un tanto sobre el futuro de un lugar tan vasto como sugerente. Ojalá pueda convertirse en el espacio que Madrid necesita para los creadores jóvenes y nuevas tendencias/corrientes de una forma efectiva, y no acabe como un sarcófago más de eso que llamamos cultura.

viernes, 6 de julio de 2007

¡QUE IGNORANCIA!

Aguas cristalinas. Prístinas. Color azul-turquesa. Arena dorada. Grano fino. Ausencia de tumbonas y chiringuitos. Treinta grados centígrados de temperatura. Cuerpos desnudos. Un paraíso. ¡Un momento! Algo pasa. Hay un grupo de gente al borde del mar. No sé lo que puede ocurrir. Me acerco despacio. Curioso. Y lo que descubro no me lo puedo creer. Esta gente está dando de comer pan a los peces con sus propias manos. Para ellos es algo muy divertido. Los habitantes del mar acuden a hacerles cosquillas en las manos para obtener fácilmente su sustento. Fundido en negro. Mismo lugar. Misma situación. Siento que ha pasado el tiempo. Mi pene se ha arrugado, mis huevos se han descolgado, mi pelo se ha vuelto blanco y mi barriga ha crecido. Hay un grupo de gente al borde del mar. No sé lo que puede ocurrir. Me acerco despacio. Curioso. Y lo que descubro no me lo puedo creer. Todos rodean el cuerpo de un rosáceo turista que ha sido parcialmente devorado. Todo está lleno de sangre y parte de su cuerpo está desmembrada. Han sido los peces, oigo decir. Malditos peces asesinos. Cuando los peces engordaron lo suficiente, y aquél pan no fue bastante para alimentarse, se volvieron carnívoros y empezaron a atacar a los humanos. Parece mentira que ese estúpido bañista no supiera que está prohibido bañarse en el mar desde hace más de veinte años. ¡Qué ignorancia!

martes, 3 de julio de 2007

PIE-CON-BOLA

Decía que no daba pie con bola. Que no había manera. Que aquello ya no era normal. También mascullaba entre dientes que estaba hasta ahí mismo. Y hasta un poco más lejos. Su perfil de cascarrabias iba incorporando nuevos elementos paulatinamente. Aquellas manías. Su insufrible carácter. Esa especie de enfado permanente con el mundo entero. La aleatoria mala leche. Agriábase a pasos agigantados y no parecía hacer nada por remediarlo. Todo eran pequeñas molestias que le impedían estar a gusto consigo mismo y con el resto del universo. Cuando no era uno, era otro. Cuando no una cosa, la otra. Cuando no esto, aquello.
Un día al abrir los ojos vio todo de una manera distinta. El mundo, es verdad, está incuestionablemente lleno de mierda. Pero tampoco hay que regodearse en ella. Habría que ir limpiando poco a poco algunos pequeños lugares donde sentirse lejos de la inmundicia. Donde poder establecer, razonablemente, espacios de libertad y sosiego. Lugares y no-lugares a los que poder acceder sin restricciones mentales, en los que pudiera dejar las armas cargadas sin sentirse desnudo. Donde poder hacer nudismo sin tener que llevar colgado el cinturón con el revolver. Donde los viejos cowboys pudieran descansar sin temer un tiro por la espalda. De todas maneras el cielo ya sabemos que no existe. Y si existiera, preferiría el infierno. Cuestión de principios.

martes, 12 de junio de 2007

MELIFLUO

Me gustan las palabrejas. Esas palabras raras, no desgastadas por el uso y el abuso. Las grandes palabras que expresan, o intentan expresar, todo lo mejor de la humanidad están totalmente huecas. Roídas. No significan nada. Han perdido todo su significado. Se han desgastado de tanto usarlas. De tanto usarlas en vano. De usarlas al tun-tun. De usarlas para engañar. Para justificar lo injustificable. Para rellenar discursos insustanciales y vacíos. De usarlas para mentir y engañar. De tantas frustraciones que produce su repetición mecánica.

Melifluo quiere decir excesivamente suave, dulce o delicado. Los excesos se pagan. Y por ello todo lo melifluo tiene un precio. Un precio considerable. Un valor añadido. Ya sea por empalagoso, aterciopelado o frágil. Necesita de poca cantidad porque la cualidad la tiene en exceso. Si a esto añadimos su escasez tenemos ya configurado el perfil ideal de lo más apreciado. De lo más deseado. De lo más anhelado. De aquello que, con una buena promoción, todo el mundo pierde la cabeza por alcanzar.

Todas esas palabras tan gastadas no son melifluas. Les falta el exceso. Expresan cosas inabarcables, por lo que casi han dejado de existir. Posiblemente cuando caigan en desuso puedan comenzar a significar algo. Algo pequeñito. Tan pequeñito que vuelvan a ser excesivas. Y así su misma escasez deje de convertirlas en insignificantes y las convierta en melifluas.